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Jose María García-Hoz

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Artículos, reflexiones, cuentas y cuentos, conferencias y exabruptos de un veterano periodista.

Sin dinero para estimular la economía


Los que piden al Estado estímulos económicos simultáneos al ajuste, son gente bienintencionada, pero no realistas

¡Estímulos!, ¡Necesitamos estímulos económicos!. Cualquier tertuliano sabelotodo y cualquier bloguero despistado, dejados a su propia inercia, acaban concluyendo que eso del ajuste económico es necesario, pero que simultáneamente hacen falta estímulos del Estado para que  la economía no se pare.

Por pedir que no quede: peras al olmo, círculos cuadrados o estímulos económicos en una economía que lleva años viviendo de prestado. Hasta los pide Alfredo Pérez Rubalcaba, con olvido doloso de que el Gobierno de Rodríguez Zapatero agravó la crisis española precisamente por los estímulos económicos y fiscales de 2008 (devolución de 400 euros al contribuyente, Plan E para chapuzas municipales, supresión del impuesto sobre el patrimonio, etc.).

Keynes no ha funcionado

La teoría de los estímulos, que recetó Keynes para salir de la Gran Depresión, tiene básicamente tres etapas: a) cuando llega la crisis, el Estado inyecta dinero en la economía para que esta se recupere, aunque para ello incurra en déficit; b) una vez que la economía vuelve a crecer, el Estado recupera el dinero que inyectó vía los mayores impuestos que genera la mayor actividad económica; c) con la economía creciendo y el Estado en equilibrio financiero solo queda esperar la ocasión de aplicar la fórmula.

La trampa de esa teoría es que en muchas ocasiones –como la presente— el dinero público inyectado no estimula la actividad económica, con lo que en al final de la operación, el Estado acaba arruinado y la economía bajando.

Comprendo que quien pide estímulos lo hace con la buena intención de evitarnos los malos tragos que nos esperan, pero con buenas intenciones no se cura la enfermedad. Para estimular, primero es necesario estabilizar.

 

 

¡OH CIELOS, YA ESTA AQUI EL TSUNAMI DE ERES!

Dicen, yo no lo creo, que la reforma laboral recién aprobada va a provocar un tsunami de Expedientes de Regulación de Empleo. Como se sabe,  la aprobación de estos  ha dejado de depender de la autoridad administrativa, lo que para muchos suponía una suerte de muro de contención contra la voracidad despedidora del empresario. Quitado el muro de contención, las aguas de los eres arrasaran los campos empresariales españoles.
Contra este oscuro nubarrón que planea sobre nuestras cabezas, conviene aclarar cinco cosas cosas:
1.     Los eres son una herramienta de gestión, como lo puede ser el crédito o la automatización de los procesos. Muchas veces un ere sobre el 10 por ciento de la plantilla contribuye a mantener en su trabajo el 90 por ciento restante. Otras veces –y es el caso actual de muchas empresas nacionales—no hay ere que salve a un empresa que no tiene salida, bien por mala gestión, bien por cambio del mercado o por obsolescencia del producto.
2.     Los que ven inevitable el tsunami de eres, de hecho reconocen que en España las plantillas están engordadas porque fueron pensadas para tiempos mejores y las empresas no han podido adaptarse porque se lo impedía/dificultaba una legislación que, desde los tiempos de la dictadura, ha despreciado la rentabilidad empresarial y desconfiado del empresario.
3.    Si en el futuro inmediato aumentaran los eres, el dato sería un indicador de que, efectivamente, en España faltan puestos de trabajo, o sobran empleados. La solución de un problema empieza cuando se reconoce la naturaleza y dimensión del mismo. Seguir con las plantillas embalsadas solo contribuiría a cerrar empresas y destruir más puestos de trabajo, sin reconocer el problema.
4.    Quien crea puestos de trabajo son las empresas sanas y rentables, porque con sus beneficios contribuyen a crear más empresas. Una legislación laboral como la hasta ahora vigente suponía cargar con un peso adicional, y a veces insoportable, para el normal desenvolvimiento empresarial.
5.    Los que aseguran que la libertad de ere degenerará en libertinaje despedidor no saben que una empresa es la conjunción de capital, gestión, trabajo y tecnología para conseguir el máximo beneficio posible con la fabricación y venta de un producto. Si cualquiera de esos elementos falla, la empresa se viene abajo y todos pierden. No se ha inventado mejor fórmula que dejarles libertad para que entre ellos guisen y  coman su propio futuro.

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Sobre el autor

Madrileño de 1946. Empezó a trabajar como periodista en Barcelona, durante el otoño de 1966. A lo largo de su vida profesional ha tratado prácticamente todos los temas, salvo sucesos, pero siempre se ha encontrado más cómodo en el periodismo económico.

El 16 de septiembre de 2009 empezó este blog en lainformación.com. Después de 43 años de oficio, resulta casi obligada la experiencia de la Red.

Al margen de coyunturas más o menos duraderas, cree que la crisis de la prensa escrita en España se debe, sobre todo, a la renuncia de los medios a cubrir con dignidad su papel de servicio al público, al común de la ciudadanía, en lugar de a las oligarquías políticas, financieras o empresariales.

Sus referentes profesionales son Raymond Cartier, Indro Montanelli, Josep Pla, Manuel Chaves Nogales y tantos periodistas norteamericanos capaces de sacar la historia interesante y reveladora que hay detrás de cualquier suceso, por banal que este parezca. También hay extraordinarios periodistas españoles, muertos y vivos, pero su enumeración resultaría inevitablemente parcial.

Sus dos grandes decepciones profesionales han sido no escribir nunca para Time y para The Economist, así como la relación de grandes profesionales que se pasaron al otro lado de la barra. Cada uno toma las decisiones que le parecen más acertadas, pero sería bobo ignorar que el desfile de periodistas desde las redacciones hacia gabinetes de comunicación es otra de las causas de la mala prensa.

En 1970 casó con la mujer de sus sueños, han tenido nueve hijos y una partida de nietos. Es inmensamente feliz y le gustaría ser bueno, en el buen sentido de la palabra.